Haciendo Barrio
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Septiembre / Octubre 2008    
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LOS DEL FONDO HACEN CENTRO
Servicios Públicos
Los servicios debieran hacer justicia a los vecinos creadores que viven en los barrios.
En este inmenso laberinto que llamamos Gran Buenos Aires, hay más de tres millones de personas que no tienen agua. Los que no tienen cloacas son más de cinco millones. Muchos habitantes del conurbano tienen que enfrentar muchas cuadras de barro para llegar hasta la parada más cercana, donde esperan un rato para tomar un colectivo que los trae prensados unos con otros, incómodos y tentados de malhumor. Así llegan a la estación más próxima, donde los trenes privatizados van a demostrarles con hechos el desprecio que los empresarios neoliberales sienten por el pueblo trabajador. Viajarán apretados, sin garantías de llegar a tiempo a su trabajo, a su escuela o a su médico. Si tienen gran sentido del humor, estos viajeros encontrarán maneras de aguantar semejante aventura sin cultiva las úlceras, la hipertensión o las jaquecas. Pero si llegaran a necesitar atención médica, es posible que se encuentren lejos de los centros de salud. Todo esto hará que se sientan demasiado orilleros, demasiado alejados de las centralidades. Pero en muchísimos barrios, todos estos malestares logran que los pobladores se organicen y comiencen a trabajar para convertir su propio barrio en una centralidad con buena infraestructura, con buenos servicios, con transporte.
Todas las infraestructuras y equipamientos que necesita un barrio son bienes públicos. A ellos tienen derecho todos los habitantes de la ciudad. No pueden quedar librados a la lógica del mercado, según la cual los que pueden pagar tienen derecho a un flor de barrio y los que no pueden pagar deben resignarse a su arrabal amargo. La lógica debe ser la de la distribución de la riqueza y las ventajas que otorga la ciudad. La ciudad debe repartir sus centralidades, sus comodidades, sus goces. Esto es una parte fundamental del derecho a la ciudad. En el primer mundo, un barrio nuevo se prepara con todo esmero, sin que falte nada. Cuando está listo, entonces la gente viene y ocupa el barrio. No se siente en las orillas del mundo, sino en el centro mismo, porque no le falta nada de lo que tiene cualquier centro. Primero se construye, después se habita. En nuestras ciudades, en cambio, la gente pasa un tiempo buscando un pedazo de suelo para arraigar. Generalmente, encuentra un terrenito en las orillas de la ciudad y comienza a construir un barrio. Junto con sus vecinos, va alcanzando de a uno los progresos que necesita. En resumen: primero se habita, después se construye. Cuando el vecino-pionero ha logrado crear un barrio, ese lugar comienza a ser negocio para otros que ni se asomaron al inicio: la línea de colectivos, la empresa eléctrica, la telefónica, los supermercados, las clínicas y demás. La creación del vecino esforzado se convierte ahora en beneficio económico para muchos. Sin embargo, ninguna calle ni monumento recordará a los pioneros. A aquellos vecinos empobrecidos que, por no tener recursos para lograr un lugar en la ciudad, tuvieron que crear la ciudad donde no había nada. La regularización de los terrenos, las tarifas sociales para los servicios, las facilidades para construir infraestructura, son solamente reconocimientos que los creadores de la ciudad se merecen.